¿Cómo es la vivencia del bebé al llegar al mundo?

Recuerdo cuando tuve a mi primer hijo que yo tenía una sensación muy fuerte de querer tenerlo entre mis brazos. Ya he comentado en algún otro post que viví una lucha interna entre lo que sentía que debía hacer y lo que se supone que debía hacer.

Recibí tanto el mensaje de que no se acostumbrara a los brazos, que procuraba ofrecerle ese espacio de estar tumbado en su cunita mientras yo lo contemplaba. Pero, su llanto desgarrador me impulsaba a cogerlo y sostenerlo entre mis brazos.

¡Qué sin vivir! ¿Cómo podía acostumbrarlo a no recibir contacto sin que él sufriera? Una pregunta que me rondó muchas veces por mi cabeza.

Por suerte, mi inquietud y mi deseo de hacerlo bien me llevo a buscar información. Para mi sorpresa, descubrí que el contacto no solo no malcría, sino que es esencial para su desarrollo.

Hoy te quiero plantear una pregunta:

¿Cuál crees que es la vivencia del bebé al llegar al mundo?

Jeff Allen en Pixabay

Su experiencia es totalmente perceptiva. El bebé llega al mundo y empieza a recibir una gran variedad de información nueva a través de sus sentidos, tanto táctil, como visual, auditivo, gustativo… En su primera etapa, el canal más importante de comunicación es la piel y el sentido táctil es significativo. Todas estas experiencias vividas en sus primeros años son fundamentales para que él llegue a diferenciarse del mundo que le rodea. El tacto es vital en este proceso.

El recién nacido está diseñado para seguir desarrollándose en contacto con su madre, y es mediante el cuerpo de ella que el bebé conoce el mundo.

Él no tiene conciencia del tiempo y las experiencias que vive, las vive de forma eterna, permanente. Teniendo en cuenta que sus vivencias van a ser agradables o desagradables en función de lo estímulos sensoriales que reciba, cuando un bebé llora, por ejemplo, porque necesita estar con su madre, su estado va a ser de malestar e incluso dolor. Hasta que no se encuentre en contacto con su madre, su experiencia es el eterno dolor.

Tanto el tacto como el contacto son necesarios para un desarrollo saludable del bebé, ya que su sistema nervioso depende prácticamente de la estimulación cutánea que recibe.

En 1962, Provence y Lipton llevaron a cabo una investigación. Compararon 75 bebés institucionalizados con 75 bebés que vivían con sus familias y estudiaron su desarrollo. A los bebés institucionalizados les alimentaban y mantenían una higiene, pero estaban privados de otros cuidados maternos como el contacto. Estos bebés eran difíciles de coger en brazos, se mostraban rígidos y se mecían de forma excesiva, no mostraban conductas de apego. Observaron que la carencia de estimulación táctil afectaba a su desarrollo psíquico.

El recién nacido no tiene conciencia del límite de su cuerpo y su sentido táctil es protopático. Esto quiere decir que los estímulos recibidos a través del tacto los percibe de forma generalizada. A medida que va creciendo, va afinado más y puede localizar con mayor precisión el estímulo, lo que Henry Head denomina sensación epicrítica.

Este proceso de afinar la percepción del estímulo se da a lo largo del primer año. Se estima que es alrededor de los 7/9 meses de edad que el bebé empieza a desarrollar la sensación epicrítica y que a los 12 meses ya queda establecida. Esto no quiere decir, que siendo más pequeño no sea capaz de localizar ciertos estímulos, ya que el aprendizaje de discriminar sensaciones localizadas se hace de forma gradual. Durante la primera etapa de su vida, el bebé va dibujando su mapa corporal y lo hace mediante los estímulos táctiles.

Por tanto, la experiencia táctil va a favorecer este proceso. Cuando porteamos al bebé, el contacto que ofrece nuestro cuerpo y la tela del portabebés, va definiendo el límite de su cuerpo. Es así como se ve reforzado el desarrollo del sentido propioceptivo, es decir, tener conciencia del espacio que ocupa el propio cuerpo respecto al medio.

¿Conocías esto sobre los portabebés?

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